Tras más de un mes sin vernos, volvimos a quedar el pasado jueves. Nos habíamos citado por la tarde en una terraza y me puse lo más sexy que pude para él. Le envié esta foto antes de vestirme para que fuese viniéndose arriba. Esta vez no avisé a mi chico, que llegaba ese mismo día a Madrid para pasar el fin de semana. Llegaba tarde, por lo que me daba tiempo a tener un encuentro en condiciones con el corneador.
Tenía muchas ganas de llegar a la cita pero al mismo tiempo estaba muy nerviosa. Solo había quedado una vez con él. Es el típico que de tan guapo (y encantador) impone un poco. Tiene 42 años que parecen 35 y un cuerpo solo al alcance de los que aúnan genética envidiable y vida sana. Pero no presume de ello, quizá porque sabe que es demasiado obvio.
Si mi chico hubiese sabido lo que estaba a punto de pasar, su viaje hubiese sido demasiado «abultado» para disimularlo. Preferí callármelo, disfrutar y desvelárselo en cuanto llegara, tal y como habíamos fantaseado tantas veces.
Yo llegaba tarde, así que me dijo que me esperaba en la salida del metro para ir juntos adonde habíamos quedado. Cuando salí le vi apoyado en la pared. Iba un poco desaliñado, como si viniera directamente de trabajar. Pantalones vaqueros, camiseta y pelo alborotado. Pero me puso tanto o más que el primer día. Era sexy fuese como fuese.
Nos saludamos y fuimos camino de la terraza. No había sitio, por lo que entramos en el primer bar que vimos. Fue un acierto inesperado. La luces y el estilo del sitio invitaban a la seducción. Estábamos solos en todo el local, con la excepción de las dos camareras, muy atractivas, que nos miraban con cierta intriga, como si fuesen conscientes de la tensión sexual que destilábamos.
Bebimos un par de cervezas cada uno y hablamos de todas esas cosas de las que se hablan antes de entrar en materia. Nos contamos el último mes, en el que no habíamos tenido noticias el uno del otro, y cuando íbamos a pedir la tercera él propuso tomárnosla en su casa. Accedí sin pensarlo. A los dos se nos notaba cachondos. Había que hablar, pero ya habíamos hablado mucho.
Al llegar a su casa nos sentamos en el sofá y abrió un par de latas a las que solo dimos un par de tragos. Enseguida nos acercamos y él se abalanzó sobre mi boca. Empezamos a besarnos y no tardó en agarrarme para colocarme a horcajadas sobre él. Me quitó el top y yo a él la camiseta, dejando al descubierto unos abdominales inverosímiles. Sus gigantescas manos, proporcionales a su uno noventa de estatura, me recorrían el torso pero se concentraban en mis pechos.
Luego me tumbó en el sofá boca arriba y siguió besándome de esa forma ridículamente sensual que solo ves en las películas protagonizadas por actores de escándalo. Solo que en sus carnes el factor ridículo era inexistente. Me preguntó si quería ir a la cama. Asentí y me llevó de la mano hasta su habitación.
Sentados en la cama, nos seguimos comiendo las bocas hasta que paró y dijo que venía en un instante. Se fue y volvió con un altavoz. Puso una playlist de temas sexys confeccionada por él mismo. Pudo salir mal, pero encima acertó con las canciones. Me tumbó en la cama, se puso de rodillas a mi lado y empezó a desnudarme. Primero me quitó el pantalón, muy despacio y sin movimientos bruscos, como diciendo «tenemos toda la tarde por delante». La forma y el temple con los que lo hacía todo me ponía muy caliente.
Después de acariciarme por encina del tanga, me cogió como si yo apenas pesara, y me puso boca abajo. Cogió mi tanga suavemente y lo fue deslizando hacia abajo hasta dejarme solo con el sujetador. Entonces noté otra vez sus manazas, esta vez en mi culo, y su aliento aproximándose a él. Su lengua y sus manos recorrieron mi culo de arriba abajo y luego me quitó el sujetador. Me volvió a dar la vuelta y se puso pie al lado de la cama. Empezó a desabrocharse el cinturón mientras me comía con la mirada.
Se quitó el pantalón y yo estiré el brazo invitándole a acercarse. Quería manosear el descomunal paquete que tenía ante mí. Me había vuelto a sorprender con el bulto, como si no fuese la segunda vez que quedábamos. Se acercó al borde de la cama para que hiciera la comprobación manual y viera lo que me esperaba. Flipé cuando toqué aquello, pero no me dio tiempo a sacársela del boxer negro. Enseguida se apartó para dirigirse a otra zona de mi cuerpo…
Tras unos segundos de incertidumbre, desveló el lugar al que se dirigía. No podía ser otro que mi coño. Se agachó lentamente y acercó su cabeza con mirada hambrienta. Luego empezó a hacer su magia. Lo hacía muy bien. Se le notaba versado en la materia. En 42 años te da tiempo a hacer un buen currículum, supongo. Sobre todo con ese físico.
Se enganchó ahí abajo como un animal. Pero pese a su actitud desatada, los movimientos de su lengua eran elegantes. Casi sofisticados. Me miraba serio y concentrado, con los ojos entornados. Los tenía rasgados y muy separados. Sus dedos me inspeccionaban la zona con la maña de un espeleólogo. Yo estaba cachondísima. Estaba siendo memorable. Él sudaba como una bestia y eso me ponía porque significaba que se estaba esforzando.
No podía parar de gemir en alto, algo que de normal hago contenidamente, casi susurrando. Estuvo mucho rato comiendo. Y cuando vio que empezaba a gemir aún más fuerte, aceleró el ritmo y, a los pocos minutos, descargué todo mi placer con un orgasmo que me invadió de arriba abajo.
Enseguida se levantó y fue a por un condón. Obviamente eran XL. Entonces se bajó el calzoncillo y emergió una herramienta de tamaño indescriptible. Debía ser incómodo convivir con esa compañía. Antes de plastificarse el miembro lo arrimó para que al fin fuera tangible para mí. Lo agarré y me volví a poner igual de cachonda que hacía unos minutos cuando me lo estaba lamiendo. Los movimientos de mi mano le producían mucho placer y me rogaba que lo hiciera muy despacio porque de lo contrario terminaría enseguida.
Después de jugar un poco con ella y sentir cómo se endurecía más de lo que ya estaba, se puso el condón y se colocó sobre mí. Me la introdujo poco a poco para no hacer mella y noté cómo mi concavidad se ensanchaba y mi interior se tensaba. Me encantó. Por un momento pensé que sentirle dentro era lo más placentero que había sentido en mi vida. Con todo el respeto hacia mi novio.
No tardó demasiado en terminar dentro de mí. Me había avisado varias veces de lo cachondo que estaba y lo inminente que era su orgasmo. Cuando lo tuvo empezó a gemir intensamente con su voz grave y sexy. Yo estaba pletórica y verle llegar al clímax con tal satisfacción me hizo sentir poderosa. Se quedó un poco encima de mí sin sacarla. En ese momento temí que se saliera el condón al volver su miembro al reposo, pero la tenía tan sumamente grande que era imposible. Nos quedamos abrazados un buen rato mientras nos besábamos y hablábamos.
Al rato salí de allí para ir a recibir a mi novio. Pero me recibió él a mí. Llevaba un rato esperando con su maleta. Me notó rara y especuló con la posibilidad de que hubiera estado haciendo maldades. Había dado en el clavo, pero en realidad lo decía de coña. Al ver que yo también bromeaba, empezó a olerse algo de verdad, pero mis evasivas le hicieron desistir de intentar sonsacarme nada.
Llegamos a casa y, entre risas, nos fuimos a dormir. Él quería follar, pero a mí ya no me apetecía. Había quedado demasiado baldada. Se resignó y aceptó mis mimos de consolación. Al día siguiente fuimos a comer con unos amigos y aproveché un momento en que nos quedamos solos para soltarle la exclusiva. Casi le da algo a mi cornudito. Pobre: qué cachondo se puso en plena calle, sin poder calmar su excitación.
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