Nuestra primera vez en un local liberal estuvo plagada de sorpresas. No estaba previsto nada de lo que hicimos, pero desde luego fue catártico.
Habíamos estado a punto de ir a alguno varias veces, pero siempre nos echábamos atrás en el último momento. Esta vez Carla lo tenía muy claro. Se sentía preparada y, lo más importante, llevaba unos días muy caliente. Al contrario que hacía unas semanas, no le importaba que otros la vieran follar. Llegar al contacto con otras parejas no era la prioridad, no queríamos ir con un objetivo. Pero mentiría si dijese que no teníamos muchas ganas de que ocurriera.
Nos arreglamos para la ocasión y nos echamos los primeros cubatas en casa. Carla se puso un body negro con transparencias y una falda de cuero granate. Yo una camisa blanca y pantalón beige. Nos acabamos las copas mientras especulábamos con lo que ocurriría esa noche y después nos dirigimos al local. Con decisión, pero con la incertidumbre y timidez propias de cualquier primera vez.
Al llegar a la ubicación nos encontramos con una entrada muy discreta y oscura que se esforzaba en disimular al máximo un submundo de deseo, morbo desencadenado y sexo libre. Entramos y el encargado nos enseñó el local. De un vistazo comprobamos enseguida que el público era diverso en edades, géneros y fisonomías. Recuerdo que nos dio un poco de vergüenza el rodeo protocolario. Nos acribillaba aquella envolvente de miradas curiosas, algunas más sofisticadas, otras más depredadoras.
El local nos encantó. Tenía un poco de todo y estaba habilitado para cumplir potentes y enrevesadas fantasías. Buscamos un hueco en la barra del bar y pedimos la primera consumición. Los primeros instantes fueron emocionantes, examinando el panorama y lo que se avecinaba. Era como la calma antes de la tempestad. La luz rojiza del local y el vestuario de los asistentes, especialmente el de las chicas, invitaban a la maldad. Pero de momento todo estaba bastante tranquilo. Las parejas hablaban entre ellas mientras atendían de reojo a otras parejas. Las miradas se cruzaban constantemente. Era prácticamente como señalar sin utilizar el dedo.
Localizamos entre la masa varias duplas que nos llamaron mucho la atención. En una de ellas, la chica se parecía a Carla, no tanto en las facciones, sino en el estilo. Frente a ellos, otra pareja joven conversaba de pie animadamente. Y justo al lado, una chica cubierta con escasa ropa rojo chillón se contoneaba de pie para disfrute de su chico, que la observaba desde el sofá.
Tras un buen rato de risas comentando las jugadas que se nos ponían a tiro, la megafonía anunció el inicio del show. Hicimos un corro alrededor de la stripper, que empezó su coreografía al ritmo de la música. No tardó mucho en sacar a un pobre chaval del público, para descojone de todos, especialmente el de su novia. Yo me puse muy tenso. La posibilidad de ser su siguiente víctima me hacía sudar.
Luego sacó al acompañante de la chica que se parecía Carla. El tipo era un action man. Y frente al bochorno del anterior, actuó con desparpajo y atrevimiento, como si fuera ya la enésima vez que se veía en esas lides. Dejándose llevar por la stripper acabó desnudo de torso, lo cual dejó a la vista músculos desconocidos para la ciencia hasta ese momento.
Tras él, cualquiera que saliera quedaría en la más absoluta evidencia. Y efectivamente, tal y como me temía, a continuación fue a por mí. Por suerte no me sacó a escena. Se limitó a sentarse unos segundos sobre mí y restregarse teatralmente. Luego se levantó y seleccionó a su siguiente presa. Respiré aliviado.
Cuando concluyó el show volvimos a prestar atención al ecosistema. Gracias a la barra libre de cerveza, de la cual nos estábamos aprovechando bien, empezábamos a tener serias ganas de interaccionar, pero no nos atrevíamos a romper el hielo con nadie. Y eso que las posibilidades eran numerosas y accesibles.
Decidimos entonces dar una vuelta por las instalaciones para ver qué nos encontrábamos. Fuimos directos a la zona oscura, donde nos cruzamos con un par de parejas tan perdidas como nosotros y con alguna que otra escena sexual. Cuando llegamos a la sala de orgías, también escasa en luz, se dispararon las nuevas sensaciones. A ambos lados de la entrada, en varias camas superpuestas a varias alturas, grupos de personas se tocaban y formaban un coro de gemidos y suspiros. Solo se veían siluetas, pero los sonidos destilaban placer a raudales. Era la primera vez que veíamos algo así fuera del porno. Nos quedamos unos segundos intuyendo cuerpos y escuchando jadeos. Pero pese al morbo de la situación, pensamos que unirnos a aquello era demasiado para una primera vez y proseguimos nuestro recorrido.
Pasamos por un par de pasillos y habitaciones más, por donde desfilaba gente de todo tipo, y al fin llegamos a las cabinas. Estábamos muy cachondos y se nos ocurrió entrar en una para follar nosotros. Entramos en la primera que vimos. Era muy pequeña y no se podía cerrar, por lo que nos podían ver de lleno. A Carla ya se la sudaba. Había bebido lo suficiente para deshinibirse y perder esa vergüenza que a veces la frena. Yo directamente estaba deseando que alguien nos mirase.
Me senté y Carla se colocó sobre mí, frente a frente. Empezamos a tocarnos y a besarnos. La agarré del culo por debajo de la falda y le comí el cuello. Se quitó la parte de arriba, quedándose en sujetador. Al poco tiempo empezamos a notar que la gente se asomaba y se quedaba un rato mirando. Eso nos encendió. Nosotros seguíamos a lo nuestro como si estuviéramos en nuestra casa. Carla descubrió en ese preciso momento lo mucho que le ponía ser vista. Nunca nos había puesto especialmente el exhibicionismo, pero la situación en este caso iba más allá. Era la posibilidad de que alguien entrara, observara, se aproximara, tocara e incluso se uniera en igualdad de condiciones… Era la escasa distancia entre que solo miraran y que participaran lo que de verdad le daba morbo a la situación. Estar a unos metros de los desconocidos que empezaban a agolparse junto a la entrada.
Lo mejor vino después. Una de las parejas asombradas por el espectáculo se metió para vernos más de cerca. Enseguida se acercaron a nosotros con intención de interactuar. Pidieron permiso en voz baja y se lo concedimos sin pensarlo. No eran nuestro ideal físico, pero el contexto era tan morboso que nos encantaba lo que estaba ocurriendo. Al principio solo tocaban a Carla levemente por detrás, para ver cómo reaccionábamos. Carla se puso a mil, y al verlo, ellos elevaron la intensidad. Todo se produjo casi sin mediar palabra.
Ella se agachó y empezó a morrear a Carla desde arriba de forma acalorada. Mientras, yo le bajé el sujetador y accedí a sus pechos, lo cuales devoré. La chica también quería probarlos, así que la invité a compartirlos. Se los comió como si se estuviera muriendo de hambre. Más tarde supimos que eran los primeros que cataba, pues era su primera experiencia lésbica.
Mientras tanto, el chico seguía magreando a Carla desde atrás, con cierta precaución, tratando de no propasarse. Pero Carla estaba en su salsa, más cachonda que una perra en celo. Después de un rato la cosa pasó a mayores. Carla se tumbó en la cama, le quitamos la falda y el sujetador entre todos y empezamos a comérnosla. La desconocida no paraba de susurrarle lo mucho que le ponía mientras la llenaba de besos y lametones. Estaba totalmente desatada.
Luego él se vino arriba. Puso a Carla a cuatro patas, sin recibir objeción, le bajó las medias lo justo para proceder y sacó un condón. En ese momento, Carla excedió todas mis expectativas. Me estaba dejando alucinado, pues siempre era ella la que iba con pies de plomo a la hora de llevar fantasías a la realidad. La cosa se había ido de madre y yo ya no sabía si se estaba dejando llevar o si se estaba sintiendo forzada a hacer algo que no quería. De manera que me acerqué y le pregunté si estaba bien y si quería continuar. Ella asintió con seguridad y, tan pronto como me tranquilicé, me puse como una puta moto.
El chico se puso entonces el condón, le apartó un poco el tanga y procedió a follarla. Yo me tumbé y la chica se me puso encima. Nos comimos la boca mientras observábamos de reojo la follada. De vez en cuando parábamos para deleitarnos ante la escena. Estaba siendo una auténtica juerga y no paraba de concurrir gente. Algunos incluso se acercaban para preguntar si podían unirse. Yo, por mí cercanía al acceso, atendía al personal, pero denegaba las proposiciones por falta de tiempo para valorarlas.
En un momento dado, mi ligue se puso a mi lado, me bajó la bragueta para sacarme la polla y empezó a saboreármela. Mientras tanto aprovechaba para agarrarle el carnoso culazo del que presumía. Y aprovechando que tenía cerca sus piernas, me las acerqué con intención de colocarnos en 69 y ella aceptó. Comerle el coño al lado de Carla fue una experiencia indescriptible. Mientras pasaba todo aquello, parejas y solteros seguían entrando a la cabina para presenciar el show de cerca. Alucinaban. Estábamos ya empapados en sudor. La humedad en la cabina se había disparado.
El asunto adquirió un nuevo nivel cuando, de repente, empezaron a aparecer pollas de las paredes. No nos habíamos percatado hasta ese momento de que la cabina tenía glory holes. A Carla eso le provocó una excitación imposible de contener. No lo tenía para nada previsto, pero tampoco lo dudó: se acercó a una de las pollas y se la metió en la boca mientras tocaba otra con la mano. Y todo, mientras el tío le seguía dando a perrito.
A la extraña que me la estaba chupando, los glory holes también le parecieron una estupenda idea. Se acercó a Carla para ver cómo mamaba y Carla la invitó a cenar juntas aquellos miembros sin rostro. Yo estaba pletórico, con un calentón exagerado. Pero el de ellas era aún mayor. Compartían y se pasaban las pollas como si fuesen Calippos. Aprovechando que la chica estaba a cuatro patas, me acerqué para comerle el culo desde arriba. Qué rico estaba aquello…
Los espectadores aglutinados alrededor de aquella minúscula habitación nos miraban con una mezcla de excitación y envidia. De vez en cuando veíamos ojos que curioseaban a través de los agujeros. La experiencia se tornó salvaje e imprevisible. Tanto, que apenas recuerdo el orden en que sucedieron algunas cosas.
Al menos tres de los hombres sin cara que habían introducido su extremidad en el agujero se metieron en la cabina. No pusimos impedimento a su participación en la fiesta. Se acercaron a Carla para que siguiera comiendo, esta vez sabiendo a quiénes se la comía. La nueva compañera de Carla se volvió hacia mí, nos besamos y empezamos a masturbarnos mutuamente. Luego se sentó sobre mí y seguí masturbándola solo yo mientras le metía los dedos de la otra mano en la boca. Sus gemidos se aceleraron e intensificaron cada vez más y aproveché para susurrarle todo tipo de guarradas al oído mientras continuaba trabajándole el coño con mi manaza. Carla seguía a lo suyo, absorta en la fantasía cumplida de tragar pollas de desconocidos. Una de ellas la del novio de la chica, que después de follarla se había quitado el condón para unirse al bukkake improvisado.
La chica ya no podía aguantar más. Entre gemidos y al borde del grito, finalmente se corrió con los fuertes vaivenes de mis dedos y agarrada del cuello por mi otra mano. Fue una corrida bestial, de las que dan placer tanto a quien las tiene como a quien las provoca. Me encantó verla estallar.
Tras unos instantes de recuperación, ella se volvió a acercar a Carla. No se le habían pasado las ganas de comerle la boca. Carla la recibió llena de satisfacción y, mientras seguían besándose y masturbando a los presentes, se susurraron cosas que no alcanzaba a escuchar. Carla estaba disfrutando como nunca, tal y como se desprendía de sus gestos. Su primera vez en un local estaba sacando a flote una depravación insólita. Mientras se liaban entre ellas y seguían chupando pollas, yo me puse a comerles los coños por turnos y masturbarme. Me llené de flujo. Por su parte, el chico las manoseaba y les arrimaba el miembro para que se amorrasen.
Continuamos así un rato y poco a poco la cosa fue cayendo en intensidad hasta que nos quedamos las dos parejas solas en la cabina conversando, impactados por lo que acababa de suceder. Hablando vimos que, aparte de tremendamente cerdos, eran un encanto. En ese momento nos dimos cuenta de que él era ese chico al que la stripper había sacado a la pista hacía un rato, causando la risa escandalosa de su novia.
Ellos ya estaban pensando en repetir con nosotros fuera de aquí, de manera que nos pidieron el teléfono, nos despedimos sonrientes y salimos de allí pensando en que no podíamos habernos estrenado mejor.
